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El que ya se ha bañado – Pastor David Jang

 

I. La artimaña del diablo y la realidad de la traición

Juan 13:2-11 describe un episodio crucial en medio de la escena conocida como "La Última Cena". En particular, destaca la declaración de Jesús: "El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies", un pasaje que muestra cuán profundo es el servicio de Jesús y, al mismo tiempo, la gran debilidad de los discípulos. Más aún, este relato pone de manifiesto la facilidad con la que el ser humano cae en pecado, pero también nos conduce a valorar la inmensa gracia del amor de Jesucristo "hasta el fin". El pastor David Jang  recalca que en esta escena "el Señor muestra el 'misterio del amor' de la manera más dramática al amar hasta a sus enemigos y hasta el fin". Especialmente, ante la presencia de Judas Iscariote, el traidor, vemos cómo la gracia unilateral de Dios sobrepasa con creces nuestro pecado y nuestra traición.

Un detalle peculiar del texto es que Judas Iscariote, considerado enemigo y traidor de Jesús, también participó en la mesa de la Última Cena. En Juan 13:2 leemos: "Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase...". Resulta impactante ver que, en medio de este lugar sagrado y lleno de gracia, se hallaba alguien que ya había sido tomado por Satanás. El contraste que el evangelista Juan busca subrayar es evidente: el "amor hasta el fin" de Jesús y la "traición sin límites" de Judas Iscariote se presentan en simultáneo. Judas, aparentemente similar al resto de los discípulos, tramaba en lo profundo de su corazón la entrega de su Maestro.

El pastor David Jang señala que "el principal objetivo que persigue el diablo es romper la relación entre el Señor y sus discípulos". Desde el momento en que el ser humano se aleja de Dios, Satanás se cuela por esa grieta para sembrar desconfianza y la semilla de la traición entre los hermanos. Pese a que Jesús había brindado gran amor a Judas, este albergaba en su mente la decisión de venderlo. La escena también muestra, paradójicamente, que hasta en la "Última Cena" puede infiltrarse el diablo. Dicho de otro modo, aunque uno esté sentado en un lugar muy sagrado y participe de la comida más santa, si su corazón está dominado por la oscuridad, puede caer en el abismo del pecado en cualquier momento.

Por otro lado, ninguno de los demás discípulos percibió las verdaderas intenciones de Judas. Según Juan 13:30, tras recibir el pan de manos de Jesús, Judas salió enseguida: "y era de noche". Esa frase "era de noche" no se limita a una referencia meramente temporal. El Evangelio de Juan contrasta habitualmente la luz y las tinieblas, y la hora en que Judas se va simboliza la entrada al "mundo de la oscuridad". Esa "noche" representa la oscuridad espiritual, la traición y el plan del diablo que se hace realidad. Más chocante aún es que aquel que había pasado tres años con Jesús, presenciando milagros y escuchando sus enseñanzas, al final se sumergió en la "noche de la traición". Este hecho es una gran lección para nosotros.

Si examinamos la razón por la que alguien llega a esta terrible traición, vemos que su raíz está en la naturaleza pecaminosa del ser humano. Nacemos bajo la influencia del pecado y, por nuestra sola fuerza, nos resulta muy difícil salir de ese abismo. Se sabe que Judas administraba la bolsa de dinero y se encargaba de las finanzas, y podemos suponer que en su interior crecía poco a poco una ambición económica. Quizás su principal motivación para vender a Jesús era la codicia de las treinta monedas de plata, o tal vez lo impulsaba la decepción de haber perdido la esperanza en un mesías político. Fuera cual fuese la causa, esa semilla de traición que se anidó en su corazón acabó germinando para dar un fruto atroz.

Sin embargo, no debemos detenernos solo en la traición de Judas. Según el contexto de Juan 13, los demás discípulos tampoco estaban espiritualmente preparados. Lucas 22:24 indica que, justo en ese momento de la Última Cena, los discípulos discutían entre sí sobre quién de ellos sería el mayor. Mientras Jesús enfrentaba la inminencia de la cruz, ellos buscaban su propia gloria. El pastor David Jang advierte: "Pese a que el momento de la muerte del Señor se acercaba, en vez de edificarse mutuamente en amor, los discípulos se enzarzaban en disputas para defender sus propios intereses y honores. Así que no extraña que el diablo encontrase una puerta abierta para entrar en Judas y llevarlo a la traición".

Los seres humanos suelen encerrarse en sus propios problemas cuando afrontan crisis o sienten ansiedad. Mientras Jesús, a punto de padecer la cruz, seguía lavando los pies de sus discípulos y los amaba hasta el fin, ellos discutían por asuntos banales. Al mismo tiempo, aun recibiendo el amor desbordante de Jesús, Judas le dio la espalda y desapareció en la oscuridad. ¿No vemos acaso reflejada en esto nuestra vida actual? Confesamos conocer el amor de la cruz de Jesús, pero cuando vienen dificultades cotidianas, en lugar de renunciar a nosotros mismos, cedemos al enojo, a la desconfianza y a veces llegamos a odiar a nuestros hermanos.

El pastor David Jang además nos advierte: "Incluso en la iglesia puede haber personas que sigan el camino de Judas Iscariote". Es posible llevar años congregándose, orando y escuchando la Palabra, y aparentar ser un verdadero discípulo, pero si dentro de uno persisten deseos pecaminosos o codicias mundanas, existe siempre la posibilidad de tomar una decisión equivocada en algún momento. Por eso recalca la necesidad de "mantenernos siempre en vela, examinándonos a nosotros mismos con arrepentimiento y en busca de la pureza interior". Esto se conecta con la frase de Jesús en Juan 13:10: "El que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos".

Las palabras de Jesús nos muestran dos aspectos. Primero, la expresión "el que ya está lavado" se refiere al nuevo nacimiento. Es decir, quienes creen en Jesús, reciben la remisión de pecados y se convierten en hijos de Dios gozan de una limpieza fundamental: han sido liberados del pecado original. Segundo, no obstante, mientras caminamos por el mundo, nuestros "pies" siguen ensuciándose. Alude a esos pecados cotidianos y recurrentes que cometemos. Es virtualmente imposible evitar que nuestros pies se ensucien mientras seguimos en el mundo. Por ello Jesús dice: "Hay que lavarse los pies; de lo contrario, no tenemos parte con Él". Concretamente, se refiere a la necesidad de confesar nuestros pecados día a día, para recibir nuevamente perdón y purificación.

El pastor David Jang subraya entonces: "Aun después del nuevo nacimiento, necesitamos la purificación continua mediante la Palabra y la oración". El que haya llegado a creer en Jesús no implica que nuestra lucha contra el pecado termine de inmediato. La carne y las corrientes del mundo siguen intentando seducirnos, y corremos el riesgo de hundirnos en la oscuridad, de acabar 'sin parte en Él', como le ocurrió a Judas. Así, este pasaje de Juan 13 nos enseña que, para que permanezcamos unidos con el Señor, debemos lavarnos los pies, es decir, arrepentirnos y ser perdonados. Para dar fruto de amor, hace falta primero limpiar la suciedad del pecado. Y quien nos ayuda en ese proceso de arrepentimiento es Cristo mismo. Del mismo modo que Jesús se ciñó la toalla y lavó los pies de los discípulos, también hoy, cuando abrimos nuestro corazón y nos postramos ante Él, nos concede la gracia de lavar nuestros "pies" sucios. Esa gracia está ligada a la cruz, porque sin la cruz nuestros pecados no pueden ser lavados, y sin la sangre de Jesús no alcanzamos la verdadera purificación.

La Cuaresma es precisamente el tiempo para recordar esta gracia que limpia. Es un período en que contemplamos el sufrimiento de Jesús, reconocemos sinceramente nuestro pecado y recuperamos un corazón capaz de amar incluso al "enemigo" o al "hermano incómodo". El pastor David Jang aconseja: "Si ya has sido lavado, es decir, si te has convertido en hijo de Dios, ahora lava tus pies. Permanece alerta cada día en el arrepentimiento para que no se pierda la relación con el Señor". También nos insta a revisar si en nuestra iglesia o en nuestra familia no hay resentimientos o divisiones, y si en nuestro interior no anida alguna oscuridad parecida a la de Judas Iscariote.

Esa "doble identidad" de "ya lavados" y "necesitados de lavarnos los pies" recorre toda nuestra vida de fe. Poseemos una limpieza fundamental gracias al nuevo nacimiento y necesitamos una limpieza constante a través del arrepentimiento en el día a día. Probablemente Jesús también lavó los pies de Judas, aun sabiendo que este ya había decidido traicionarlo, tratando de sostenerlo hasta el último momento. Sin embargo, Judas rechazó deliberadamente esa oportunidad y eligió sumirse en la oscuridad. Esto es una advertencia para nosotros: "Si menospreciamos el amor infinito del Señor, por más que Él quiera derramar Su gracia, corremos el peligro de que nuestro corazón se endurezca y terminemos en la perdición".

Al mismo tiempo, el pastor David Jang destaca que "incluso ante una traición tan absoluta, Jesús no dejó de amar hasta al enemigo", y así nos recuerda lo abundante que es la gracia de Dios. De la misma manera en que Jesús nunca abandonó a Judas, hoy el Señor tampoco nos descarta cuando vagamos en el mundo o tropezamos en el pecado. Más bien, se acerca para limpiar nuestros pies sucios. En definitiva, la cuestión es si permitiremos con humildad que Él nos lave los pies o si, como Judas, retiraremos los pies y nos alejaremos en la oscuridad.

No debemos ver este episodio solo como un hecho histórico o un suceso meramente simbólico. La Última Cena se repite constantemente en las comunidades de fe que forman la Iglesia. Puede haber alguien como "Judas" en medio de los que participan de la Cena del Señor, y puede haber hermanos que ignoren la condición espiritual de los demás. De ahí que sea imprescindible que la Iglesia viva en un ambiente de arrepentimiento, de pureza y de mutua preocupación, para que la "mesa del amor" que anhela el Señor sea una realidad.

Juan 13 también se centra en la humildad de Jesús y en su actitud de servicio. Él lavó los pies a los doce discípulos. En el contexto cultural de la época, lavarle los pies a los invitados era tarea de los siervos, no del dueño de la casa. En la relación rabino-discípulo, el discípulo podía lavar los pies de su maestro, pero rara vez se concebía que un maestro se inclinara ante sus discípulos. Sin embargo, en esa circunstancia, donde los discípulos discutían y nadie desempeñaba la función de siervo, Jesús se levantó, se quitó el manto y se ciñó una toalla para lavar sus pies. Este acto va más allá de la simple palabra "servicio", porque el Ser de más alta dignidad se rebajó voluntariamente a la posición más baja.

El mensaje de Jesús no se queda, sin embargo, en esa acción puntual de "lavar pies". El Señor declara: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros" (Jn 13:14). Los que seguimos a Cristo debemos "lavarnos los pies mutuamente". ¿Qué significa esto? No se trata solo de un gesto simbólico de humildad, sino de una expresión de amor concreto: aceptar y soportar las faltas del hermano, ayudarle a limpiarse de sus impurezas y acompañarle en su arrepentimiento.

El pastor David Jang dice que "una verdadera iglesia es aquella donde se lavan los pies unos a otros". Es decir, donde se cubren las debilidades del otro, se camina en arrepentimiento cuando se ha pecado y se apoya al que cae para que pueda levantarse. Una iglesia así no deja lugar al diablo, porque, en vez de dividirse y enfrentarse, sus miembros se sostienen mutuamente cuando alguno flaquea.

La realidad, con frecuencia, dista de este ideal. A veces, incluso dentro de la iglesia, se prioriza la búsqueda de la propia gloria, se difaman las faltas de otros con intrigas y críticas, y brota el odio. Con ello, la "artimaña de Satanás" encuentra oportunidad de infiltrarse, destruyendo la comunidad. Si uno de los Doce llegó a convertirse en traidor pese a estar tan cerca de Jesús, no podemos sentirnos hoy totalmente a salvo.

Juan 13:2-11, al mostrarnos que un traidor pudo estar presente en la mesa más santa y llena de gracia, expone la posibilidad de traición aun en el lugar más sagrado, y simultáneamente revela cómo el amor inquebrantable de Jesús y su servicio transforman esa oscuridad. Reflexionar sobre este relato y reconocernos como "personas que necesitan que el Señor nos lave los pies" nos acerca a una relación más íntima con Él. De esa conciencia brota la capacidad de amar y servir incluso al prójimo que nos hiere o nos traiciona.

El pastor David Jang resume que "al final, el amor es el arma más poderosa, y la cruz es la culminación de ese amor". Jesús no solo cargó con nuestros pecados en la cruz, sino que, al lavar los pies de sus discípulos, ejemplificó en persona lo que es el "espíritu de la cruz". Dicho espíritu implica "amar al enemigo" y "ofrecer la otra mejilla al que nos golpea". Es la máxima expresión de la humildad y la obediencia de un siervo. Este camino, que invierte los valores de este mundo, se corresponde con los valores del Reino de Dios. Es la ruta que los auténticos creyentes deben seguir y que marca la transición desde la Cuaresma a la Pascua.

Cada vez que volvamos a Juan 13, preguntémonos: "¿De verdad recibo la purificación de Jesús para permanecer en comunión con Él a diario?" y "¿Estoy poniendo en práctica la humildad y el amor de lavar los pies de mis hermanos?". Son importantes la adoración, la alabanza y el servicio ministerial, pero si carecemos de este "amor que lava los pies", estamos perdiendo lo esencial. Es posible que la iglesia se vea manchada por el pecado y que surja la necesidad de lavarnos los pies. Sin embargo, en esos momentos debemos recurrir de nuevo a Jesús para que nos limpie y ofrecer ese mismo acto a los demás. Solo así construiremos una "comunidad de la cruz" que supere la traición y los conflictos.

Contemplar la naturaleza pecaminosa del hombre, la estratagema del diablo y la presencia de un traidor en la Última Cena nos lleva, al mismo tiempo, a fijar la mirada en el Reino de Dios. Porque, igual que Jesús lavó los pies de sus discípulos diciéndoles: "Vosotros estáis limpios, aunque no todos", Él es quien ama hasta el fin. Y esa gracia con la que buscó hasta el último instante que Judas se arrepintiera, es la misma que hoy nos da la esperanza de ser restaurados cuando confesamos nuestras debilidades.

Este es el profundo mensaje de Juan 13 y la clave del dicho de Jesús: "El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies". Comprender y practicar esto determina nuestro crecimiento espiritual. Según el pastor David Jang, "el amor de Jesús nos ordena vivir como personas cuyo pecado ha sido perdonado, de modo que lavemos nuestros pies día a día para mantenernos puros y, a la vez, sirvamos a los demás en amor". Gracias a que el amor de Dios sobrepasa nuestras traiciones, podemos recibir su limpieza diaria y extender ese servicio a otros.

II. El amor que sirve hasta el fin y el sentido de lavar los pies

En Juan 13, el acto de Jesús lavando los pies refleja de forma contundente que Su amor no vacila ni siquiera frente a la traición presente en la Última Cena. "El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies. Está todo limpio", estas palabras contienen un importante fundamento para entender tanto la doctrina de la salvación individual y comunitaria como el proceso de santificación. Asimismo, cuando Jesús dice: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros" (Jn 13:14), nos da la pauta de cómo debe ser la iglesia. El pastor David Jang llama a este momento "el nacimiento de una nueva ética comunitaria", explicando que el espíritu de la cruz se plasma en el lavamiento mutuo de los pies.

Para empezar, la frase "el que ya se ha bañado" se relaciona estrechamente con lo que el Nuevo Testamento denomina "nuevo nacimiento". Es decir, los discípulos de Jesús, que creen en Él y le siguen, han sido perdonados de sus pecados y se han convertido en hijos de Dios, recibiendo así una limpieza esencial. Este "baño" no es algo que la humanidad pueda lograr por sí misma, sino que se concede de manera unilateral, por pura gracia, a través de la obra redentora de Cristo en la cruz. En Efesios 2, el apóstol Pablo señala que somos salvos por gracia mediante la fe, y subraya que esto es un don de Dios (Ef 2:8).

Sin embargo, Jesús añade algo más: aunque hayamos sido "bañados", debemos lavarnos los pies. Incluso el creyente ya salvo puede verse manchado al transitar por el mundo. Dicho de otro modo: aunque la salvación sea un acto consumado de una vez y para siempre (once for all), todavía tenemos restos de la vieja naturaleza que nos empujan a pecar. Por ello se ensucian nuestros pies, y debemos lavarlos.

¿Qué representa lavar los pies? Hay varias interpretaciones, pero básicamente alude al "arrepentimiento diario" y a la "santificación por la ayuda del Espíritu Santo". Siendo que la sangre de Jesús ya nos ha lavado del pecado original y no estamos bajo su potestad, de todos modos, podemos tropezar de nuevo y pecar en momentos puntuales debido a las tentaciones del diablo y a nuestra debilidad. Por eso, es indispensable presentarnos a diario ante la Palabra de Dios, revisar nuestra vida y pedirle que limpie de nuevo nuestras manchas. El apóstol Juan dice en 1 Juan 1:9: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad".

El pastor David Jang explica: "Incluso después de recibir la salvación, Satanás sigue acechándonos para hacernos caer. Por eso, el creyente debe mantenerse alerta, meditar en la Palabra, orar y lavarse los pies constantemente. De lo contrario, aunque hayamos experimentado el nuevo nacimiento, nuestra vida puede ensuciarse con facilidad y alejarnos de la comunión con el Señor". De esta forma, el lavamiento de los pies se vuelve esencial para avanzar en la madurez espiritual y, si se descuida, podría desembocar en una regresión e incluso en la traición.

A su vez, cuando Jesús lavó los pies de los discípulos, nos dio el mandato de "lavarnos los pies mutuamente" (Jn 13:14-15). Este mandato tiene profundas implicaciones para la Iglesia de hoy. La congregación no es solo el conjunto de los que han sido salvos, sino la comunidad espiritual donde nos limpiamos mutuamente. En la Iglesia debe reinar un espíritu de arrepentimiento y de perdón constante. Cuando alguien peca, no basta con recriminar o juzgar, sino que debemos hacer todo lo posible por restaurar y purificar al hermano.

En la práctica, las divisiones y conflictos en la Iglesia suelen derivar de la actitud de criticarnos, atacarnos y, en ocasiones, separarnos de quienes nos hieren. Sin embargo, a la luz de Juan 13, cuando surgen tensiones, debemos esforzarnos precisamente en servir y lavar los pies de nuestro prójimo. Aunque esto resulte muy difícil, Jesús ya nos mostró el ejemplo. Cuando sus discípulos rehusaban desempeñar la tarea de un siervo y se enzarzaban en disputas, Él se levantó, se quitó el manto y empezó a lavarles los pies. Fue el acto de amor más sorprendente: el Señor supremo colocándose en el lugar más humilde.

Cabe recordar que Judas también estaba allí. Jesús, seguramente, lavó sus pies conscientes de su traición inminente. Aun así, Judas siguió adelante y salió a la oscuridad (Jn 13:30). Esto revela que, si bien el amor de Dios se entrega unilateralmente, el hombre puede cerrar su corazón y sumergirse en las tinieblas. Con todo, Jesús no se dio por vencido. El pastor David Jang hace hincapié en este punto, diciendo: "La Iglesia debe amar y servir, aun sabiendo que puede haber traidores o personas que nos hieran. No podemos dejar de amar ni de servir, porque el Señor mismo nos mostró ese camino". Tal amor exige "una larga paciencia" y el "sostener hasta el fin" al otro.

Además, el lavamiento de los pies conlleva una experiencia de humildad para todos. Ver a Jesús lavando los pies de sus discípulos en aquel contexto histórico era un hecho revolucionario, pues se esperaba que lo hiciera un siervo. No se concebía que un Maestro realizara la tarea más humilde. Este es el enfoque de Filipenses 2, que describe la "autohumillación de Jesucristo" hasta la muerte de cruz (Fil 2:6-8). En la Iglesia de hoy, la verdadera grandeza no consiste en ostentar poder o autoritarismo, sino en el servicio. "El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor" (Mt 20:26). Por tanto, si la Iglesia practicara de verdad este lavamiento de pies, habría menos conflictos y más crecimiento en la gracia. Los vínculos se fortalecerían, y cada uno se convertiría en bendición y luz para el otro.

Asimismo, las palabras: "El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies" pueden leerse como un llamado a vivir confiados en nuestra salvación y a la vez a no descuidar la purificación diaria. Hay quienes, tras haber creído en Jesús, piensan que ya no necesitan arrepentirse, pero eso va en contra del sentido de este pasaje. Claramente, gozamos de una limpieza esencial por la sangre de Cristo, pero nuestros pies se ensucian al andar por el mundo y necesitamos purificarlos una y otra vez.

El pastor David Jang señala: "La gracia de Dios nos liberó del yugo del pecado, pero mientras respiramos en este mundo, el polvo del pecado puede volver a posarse en nuestros pies. Por eso debemos eliminarlo de inmediato y recuperar nuestra pureza para servir al Señor". Muchas veces, al ver a creyentes que, aun siendo salvos, todavía tropiezan, nos preguntamos "¿Por qué siguen siendo tan imperfectos?". Pero este capítulo de Juan nos recuerda que tenemos que "lavar" continuamente mediante el arrepentimiento y la purificación práctica. Así, aunque la salvación sea un hecho consumado, la santificación es un proceso constante que dura toda la vida.

Además, el evangelio de Juan insiste en que "si no se nos lavan los pies, no tenemos parte con Él". Jesús le dijo a Pedro: "Si no te lavo, no tienes parte conmigo" (Jn 13:8). En ese momento, Pedro objetaba fuertemente: "¡No me lavarás los pies jamás!", porque consideraba indigno que el Maestro asumiera la función de sirviente. Pero Jesús le contestó: "Si rehúsas, ¿qué relación tendremos tú y yo?". Esta declaración impactante hizo que Pedro diera un vuelco y respondiera: "Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza" (Jn 13:9).

El pastor David Jang interpreta que esta escena refleja "la actitud que debemos tener ante el Señor humilde". Al principio, Pedro muestra un orgullo que se niega a aceptar esa gracia. Sin embargo, tras escuchar la advertencia de Jesús, se entrega: "¡Lávame todo, Señor!". Esto describe la necesidad de "rendirnos a la gracia". Si no la acogemos de corazón, no podremos disfrutar plenamente del amor de Cristo. A veces, un cierto orgullo religioso o personal nos hace reaccionar como Pedro, diciendo "¡No, Señor, jamás!". Sin embargo, Jesús responde: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". La idea es que, sin la purificación que viene de Él, la relación se interrumpe.

Así, lavar los pies simboliza reconocer nuestra "impotencia" y depender totalmente del Señor. No importa cuánto intentemos limpiar el polvo por nosotros mismos, nunca quedaremos del todo limpios. Necesitamos las manos de Jesús. Cuando Él se ciñe la toalla para lavarnos, hemos de postrarnos y confesar: "Señor, límpiame". Entonces, Él purifica nuestros pies y nos invita de nuevo a la mesa de la comunión.

Juan 13 no solo es relevante en Cuaresma, sino que transmite un principio esencial para toda la vida cristiana. Cuando enfrentamos tentaciones o conflictos, si nos acercamos a Jesús para que lave nuestros pies y ponemos en práctica el lavamiento mutuo, hallaremos restauración en su gracia. Eso supone amar "hasta el fin". Jesús amó a sus discípulos aun en la inminencia de su muerte, y se entregó en un servicio profundo. Pese a ello, ellos discutían, y Judas salió a la oscuridad. Esa escena sigue repitiéndose en nuestro presente. Confesamos creer en la cruz, pero solemos enredarnos en desconfianzas y conflictos mezquinos.

El pastor David Jang lo llama "la gloria paradójica que proviene de la autonegación de Dios". El camino de la cruz y el lavamiento de los pies es un camino de sufrimiento y abnegación, pero la recompensa final es la verdadera resurrección y gloria. La Pascua celebra el triunfo de Jesús sobre la muerte, pero ese triunfo solo fue posible a través del lavamiento de los pies y la humillación máxima de la cruz. Jesús, además, nos pide que le sigamos en esa senda.

Por ello, la frase "El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies" confirma la obra completa de la salvación y, simultáneamente, enfatiza la necesidad de luchar contra el pecado y arrepentirnos día a día. También aclara que este no es un asunto individual, sino que atañe a la "comunidad" donde nos lavamos mutuamente los pies, de modo que la Iglesia crece unida en el Señor.

En primer lugar, la expresión "El que ya se ha bañado" declara que hemos nacido de nuevo por la fe en Jesús y hemos recibido una limpieza fundamental. En segundo lugar, "lavarse los pies" subraya la necesidad de confesar nuestros pecados cotidianos y recibir perdón con regularidad. En tercer lugar, el hecho de que Jesús mismo lavara los pies de los discípulos implica que debemos servirnos los unos a los otros, amarnos, y llegar incluso a amar a un traidor. En cuarto lugar, si alguien prefiere seguir la oscuridad, como sucedió con Judas, termina alejándose del Señor, aunque Él no deje de ofrecer su amor. El texto demuestra que, si el corazón humano se endurece y rechaza el amor, podría encaminarse a la destrucción.

Como señala el pastor David Jang en repetidas ocasiones: "La Iglesia debe vivir en un constante 'lavamiento de los pies', y esto conforma el meollo del evangelio de la cruz". Los creyentes necesitan limpiarse mutuamente y, a la vez, lavarse personalmente ante el Señor cada día, experimentando la verdadera santificación y la comunión fraterna. Esa práctica concreta del amor es el modo en que el Reino de Dios se hace visible en la tierra.

Juan 13:2-11 pone ante nuestros ojos tanto la gravedad del pecado humano como la infinita misericordia de Dios. Judas eligió la traición, los discípulos se enzarzaron en disputas, pero Jesús, en medio de ese caos, se arrodilló y les lavó los pies. Esta escena sigue vigente hoy, llamándonos a reconocer que "dependemos de la mano del Señor para que nos lave los pies". Y, a la vez, invitándonos a "lavar los pies de los demás" conforme al ejemplo que Él nos dejó.

A menudo en la vida de fe caemos en el error de pensar: "Ya soy salvo, todo está bien", o en la soberbia de creer: "¿Cómo voy a rebajarme a servir a otro?". Sin embargo, cuando recordamos Juan 13, vemos con claridad quién es realmente Jesús y qué actitud debemos adoptar. Y descubrimos que el poder para resolver divisiones y conflictos en la iglesia procede justamente de la cruz y del lavamiento de pies.

El pastor David Jang concluye: "Si la iglesia practica a diario lo que enseña Juan 13 acerca de lavar los pies, y si durante la Cuaresma nos arrepentimos de nuestros pecados y nos perdonamos mutuamente, entonces el mundo verá la luz genuina en nosotros". Al mundo no lo impactan los templos lujosos ni la fuerza numérica ni el poder mundano, sino el amor que encarnó Jesús al lavar los pies de sus discípulos, ese sacrificio auténtico y esa entrega. Precisamente el espíritu de Juan 13 es la guía más concreta para mostrarnos cómo vivir.

La afirmación "El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies" encierra la certeza de la salvación, la tarea continua de la santificación y la dimensión de servicio mutuo que define la ética eclesial. En la Última Cena, pese a la traición y los conflictos, se abrió un horizonte de esperanza gracias al amor inquebrantable y la humildad de Jesús. Hoy, al meditar en este evento, podemos vivir la verdadera comunión con el Señor, imitar Su ejemplo de lavar pies y, así, experimentar más plenamente el gozo de la resurrección. Esta es, tal como insiste el pastor David Jang, la fisonomía de una comunidad de fe que, por medio del amor de Cristo, se libera del pecado, se lava cotidianamente y celebra unida la gloria de la Pascua.