
Hechos de los Apóstoles no es simplemente un libro que enumera la crónica de la iglesia primitiva; es una narración que da testimonio de cómo la salvación de Dios se convierte en acontecimiento dentro de la historia y en comunidad dentro del mundo. Lucas, autor del Evangelio de Lucas y de Hechos, no se detiene en la vida de una sola persona, Jesús, sino que muestra el proceso por el cual esa vida es "traducida" a Iglesia en el Espíritu Santo. Por eso, leer Hechos no es hojear un registro del pasado, sino volver a mirar dónde comenzó la fe de hoy, y al mismo tiempo preguntar con qué respiración debe vivir la Iglesia de hoy. El énfasis que se escucha repetidamente en el pastor David Jang (fundador de Olivet University) se sitúa precisamente aquí: el evangelio no es una idea, sino un camino; la guía del Espíritu no es un adorno, sino una decisión; y la misión no es una opción entre muchas, sino la confesión de la esencia misma de la Iglesia.
El curso de Hechos se despliega siguiendo una gran órbita: "desde Jerusalén hasta lo último de la tierra". Tras la ascensión de Jesús, cuando desciende el Espíritu Santo prometido, los discípulos, que estaban encerrados por el miedo, salen a las calles y empiezan a testificar. Las lenguas se diversifican, la gente se reúne, y nace una nueva comunidad. Aquella comunidad pronto se topa con persecución y se dispersa, pero la dispersión no es extinción, sino expansión. Esta paradoja constituye el corazón de Hechos. A menudo, cuando una puerta se cierra, lo clasificamos como fracaso; sin embargo, el Dios de Hechos se revela como Aquel que, a través de puertas cerradas, despliega un mapa aún más grande. Por eso el pastor David Jang se aferra a Hechos 16: porque allí queda más nítido que en ningún otro lugar que el terreno de la misión no se mide solo por el fervor humano, sino que es reubicado dentro del tiempo soberano de Dios.
El segundo viaje misionero de Pablo es una secuencia de planes, frustraciones y un nuevo llamamiento. Quiso anunciar la palabra en Asia, pero el Espíritu Santo se lo impidió; se esforzó por ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. En estas expresiones hay una firmeza tajante. El Espíritu Santo obra a veces como "permiso" que abre puertas, y a veces como "prohibición" que detiene los pasos. Con frecuencia se entiende la fe como la capacidad de perseguir caminos abiertos; pero, en realidad, la humildad de aceptar caminos bloqueados engendra una obediencia más profunda. Cuando llegó a Troas y ya no podía avanzar ni hacia el este ni hacia el norte, Pablo vio de noche una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba con urgencia: "Pasa a Macedonia y ayúdanos". Ese clamor es a la vez una frase que impulsa un movimiento geográfico y un mandato teológico que redefine la dirección del evangelio.
La razón por la que "Pasa a Macedonia y ayúdanos" es decisiva es que no es un eslogan que excite el deseo de éxito de Pablo, sino una voz que deja oír la desesperación del otro. Pablo no cruzó para demostrar su estrategia, sino para responder al gemido de una región que Dios le hizo escuchar. Y ese cruce se convirtió en el primer paso del evangelio hacia Europa. Desde Troas, cruzó el mar, llegó a Neápolis y alcanzó Filipos. Filipos era una colonia romana donde la ley y el poder habían echado raíces; era una tierra extraña y dura para que entrara el evangelio. Sin embargo, Dios allí abrió el corazón de una mujer llamada Lidia y tomó una pequeña reunión de oración junto al río como semilla de la Iglesia. La historia en la que, en medio de cárcel, azotes, malentendidos y caos, se elevan himnos, y la casa del carcelero se convierte en lugar de culto, muestra que la misión no comienza primero con instituciones o magnitudes, sino en el umbral del corazón de una persona y la puerta de una familia. El pastor David Jang, a través de este pasaje, nos hace recordar el principio de que "una obediencia pequeña que empieza en lo humilde cambia la gramática de la historia".
También es notable cuán importante llega a ser, más tarde, aquella pequeña comunidad iniciada en Filipos dentro de las cartas de Pablo. Filipenses, transmitida como carta escrita desde la prisión, contiene la gramática de una fe que canta gozo aun en el sufrimiento. Esto prueba que la misión no queda registrada solo como "relato de prosperidad". Como Hechos muestra repetidamente, el evangelio no evita la incomodidad ni el choque. Si se tambalean los intereses del mercado, llega la denuncia; si el poder se incomoda, se abre la cárcel; si se hiere el orgullo religioso, vuelan piedras. Aun así, el evangelio avanza porque quien abre el camino no es el empuje humano, sino el poder del Espíritu Santo. La promesa "recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo" declara que la fuente de energía de la misión no es el entusiasmo de la Iglesia, sino el don de Dios. En este punto, el pastor David Jang exhorta a no malinterpretar la misión como "competencia de fervor", sino a entenderla como "participación en la gracia".
El desafío del posmodernismo que enfrenta la Iglesia de hoy no se limita a relativizar la verdad; también fluidifica sin cesar la identidad humana. La convicción de que todo puede deconstruirse puede ser, por un lado, una herramienta para derribar órdenes opresivos; pero, por otro, puede vaciar el fundamento del ser. Por eso, muchas personas, aun disfrutando la libertad de elegir, experimentan al mismo tiempo la pérdida de dirección. En esta época, el vocabulario bíblico de "camino" se vuelve especialmente nítido. El camino no es mera información, sino una realidad que solo se conoce caminándola; y es una travesía que se agota con facilidad si no hay compañía. Jesús llamó a los discípulos no a ser consumidores de conocimiento, sino discípulos en el camino; y en Hechos, ese camino aparece como una forma de vida tan singular que la gente llegó a llamar "secta" a "ese Camino". Cuando el pastor David Jang repite "Solo Jesús", puede leerse como una petición de recuperar la realidad del discipulado frente al espíritu de la época que intenta degradar la fe a una opción entre muchas.
Esa recuperación no se logra únicamente con rigor doctrinal. La doctrina es el esqueleto de la vida, pero el calor de la vida nace del amor. El "enfriamiento del amor" del que Jesús habló respecto a los últimos tiempos no alude solo a la decadencia ética, sino también a una parálisis espiritual por la cual la comunidad se vuelve insensible al dolor del prójimo. Por eso, la misión no es una tarea moral de la Iglesia, sino un entrenamiento para recuperar la sensibilidad espiritual. En la práctica, cuando la Iglesia empieza a servir a vecinos desconocidos, las frases bíblicas vuelven a tocar la piel; la oración se vuelve de nuevo urgente; y el culto se reconecta con la realidad. Cuando el pastor David Jang menciona diversos canales misioneros -ministerio con inmigrantes, trabajo multinacional, ministerio universitario, ministerio en línea-, puede entenderse como un intento de evitar que el evangelio quede atrapado en el lenguaje de una cultura específica. El evangelio siempre debe ser traducido; pero, para que esa traducción no dañe la esencia, se necesita la sabiduría del Espíritu Santo.
Otro punto que conviene complementar es la teología de la "experiencia de bloqueo". Muchos creyentes, al encontrarse con un bloqueo, se culpan a sí mismos o, por el contrario, se quejan contra Dios. Sin embargo, Hechos 16 enseña que el bloqueo no es abandono, sino que puede ser la señal previa de una misión más grande. El Espíritu Santo no impidió a Pablo porque su pasión fuera errónea, sino por un mapa más amplio. Esta es una intuición clave también para el discernimiento moderno de vocación y ministerio. Cuando se cierra la puerta del empleo, cuando se derrumba un plan ministerial, o cuando una relación fluye distinto a lo esperado, es fácil interpretar todo solo con el lenguaje del fracaso. Pero el Espíritu, a veces, reduce nuestra velocidad para preparar una reflexión más profunda y un envío más preciso. El pastor David Jang dice que, en esos momentos, debemos aprender "la gracia de la pausa": la pausa no es perder el camino, sino respirar para caminar en una dirección más correcta cuando el camino vuelva a abrirse.
En este contexto, la imagen del "tocón" de Isaías resulta significativa. Aunque por fuera parezca devastación, como si todo hubiera sido talado, permanece una semilla santa. A lo largo de la historia, la Iglesia siempre ha recomenzado desde el tocón. Cuando las instituciones y las culturas decaen, Dios enciende un nuevo fuego a través del remanente. Esto sostiene la esperanza, basada en un patrón bíblico, de que la "misión de restauración" de la que habla el pastor David Jang no es un romanticismo. Cuando el centro se enfría, la periferia se calienta; y luego esa brasa vuelve a desplazarse hacia el centro. La misión es ese movimiento de brasas, y al mismo tiempo la expansión del Reino de Dios.
Y esa expansión no avanza como si una cultura conquistara a otra. La misión de Hechos implica traducción, reciprocidad y, a veces, vaciamiento cultural de uno mismo. Pablo confiesa que se hizo como judío para los judíos, y como débil para los débiles. Esto no significa que cediera la verdad, sino que renunció a sus métodos y a sus derechos para que la verdad pudiera oírse mejor. De aquí surge también la ética que la Iglesia debe recordar cuando el pastor David Jang habla de misión en Estados Unidos o en el mundo. En el instante en que decimos que vamos a "ayudar", podemos caer fácilmente en un "complejo de salvador". Pero el misionero del evangelio es siempre alguien que aprende junto con otros, un peregrino que también es transformado en el servicio. Pablo, al cruzar a Macedonia, no solo se encontró con "personas necesitadas", sino con compañeros de fe que lo renovaron. La misión no es unidireccional: es la gracia de la reciprocidad.
Entonces, ¿hacia dónde debemos cruzar hoy? La pregunta que el pastor David Jang lanza con frecuencia no apunta solo a un lugar geográfico. Es cruzar el río de la cultura, atravesar la brecha generacional y cruzar la corriente de la inercia eclesial. En particular, cuanto más se espesa el aire posmoderno, más se duda de la verdad absoluta y se intenta colocar todos los caminos en el mismo nivel. Si se vuelve cotidiana la idea de que "la verdad no es una, sino muchas; y elegir es una cuestión de gusto", el evangelio desaparece del lenguaje público y se reduce a un hobby privado. En ese momento, la Iglesia, más que luchar agresivamente, debe testificar con un lenguaje más profundo. La respuesta cristiana al pluralismo no es una violencia que oprime al otro, sino la confesión simple y severa de que la salvación viene de Uno. Como proclama Hechos 4:12, no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos. Que el pastor David Jang enfatice "Only Jesus" no debe entenderse como exhibición de una actitud reaccionaria frente a la cultura contemporánea, sino como el esfuerzo de fijar coordenadas para no perderse en un tiempo confuso.
Estas coordenadas también se conectan con la enseñanza escatológica de Jesús, es decir, el Discurso del Monte de los Olivos. Jesús advirtió que en los últimos tiempos habría mucho engaño: aparecerán falsos cristos, el amor se enfriará, y rumores, guerras e inquietudes sacudirán el alma de las personas. Pero, aun en medio de ese caos, queda la promesa: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mateo 24:14). Esta frase no es una profecía que alimenta el miedo, sino una declaración que conecta la misión de la Iglesia con el reloj escatológico. La proclamación del evangelio no es solo un programa eclesial: ocupa una posición decisiva en la providencia de Dios que avanza hacia el término de la historia. Por eso, el pastor David Jang, más que convertir la escatología en un ring de discusión, nos llama a la fidelidad que la escatología exige. En lugar de condenarnos por diferencias entre premilenialismo y posmilenialismo, lo más esencial es anunciar el evangelio aquí y ahora, impedir que el amor se enfríe y obedecer la guía del Espíritu.
La guía del Espíritu Santo que muestra Hechos no se queda en un sentimentalismo místico. Se concreta a través del discernimiento comunitario. Cuando el Concilio de Jerusalén aborda el tema de los gentiles, apóstoles y ancianos, tras una discusión intensa, concluyen con la expresión: "el Espíritu Santo y nosotros". Esta frase es verdaderamente audaz. No es el momento en que una opinión humana usurpa la autoridad del Espíritu, sino la huella de una comunidad que, integrando Escritura y experiencia, testimonio y fruto, se esforzó por discernir la voluntad del Espíritu. Cuanto más expuesta está hoy la Iglesia al pluralismo, más frágil se vuelve un modo de hablar basado solo en la intuición individual: "Dios me dijo así". Por eso, el pastor David Jang pide una lectura bíblica más rigurosa, una oración más combativa y una verificación comunitaria más transparente. El espíritu de la Reforma -Sola Scriptura, "volvamos a la Escritura"- sigue siendo válido hoy por esta razón. La Biblia no es un garrote para aplastar el pluralismo; es una lámpara que orienta en medio del caos y un espejo que ilumina el deseo humano para conducir al arrepentimiento.
En la manera en que el pastor David Jang vincula Hechos 16 con el terreno misionero actual, aparece un giro provocador. El fenómeno de que países que antes enviaban masivamente misioneros pierdan el fervor del evangelio por la secularización, la teología liberal y el relativismo cultural no es un problema local, sino una tarea de la Iglesia global. Al observar especialmente los cambios en la Iglesia estadounidense, él habla de una transición: de "Iglesia que envía" a "Iglesia que necesita ayuda". Lo crucial aquí no es invertir una superioridad. El pensamiento de "nosotros somos mejores" contiene el veneno de la misión. Más bien, el núcleo es la observación providencial de que "cuando un lado se enfría, Dios traslada las brasas desde otro lado". En la iglesia primitiva, cuando Jerusalén tembló, Antioquía se levantó; y cuando la misión de Pablo se expandió por el mundo mediterráneo, las periferias del Imperio romano se convirtieron en bases del evangelio. En la historia, el centro no es fijo. El centro se desplaza siempre hacia donde arde el fuego del Espíritu.
Desde esta perspectiva, "Pasa a Macedonia y ayúdanos" se lee no solo como una ciudad concreta de Macedonia, sino como una señal espiritual que resuena en todas las regiones donde el evangelio se ha desvanecido. Alguien debe cruzar físicamente una frontera; alguien debe entrar en el mundo del trabajo; alguien debe navegar hacia nuevos continentes como el campus universitario y el espacio en línea. Y alguien debe romper el lenguaje endurecido dentro de su propia comunidad. Para que el evangelio no suene como un eslogan envejecido, hay que elegir vocablos más delicados y más honestos, sin dañar la verdad. El énfasis del pastor David Jang en la "obediencia rápida" también se debe a que estos giros misioneros exigen decisión. Las oportunidades no llegan en condiciones perfectas. Para Pablo en Troas, la situación también era ambigua, el camino estaba bloqueado, y la convicción le fue dada en forma de visión. Pero él no se demoró: se movió, y ese movimiento abrió la puerta de la evangelización de Europa.
Aquí puede venir a la memoria una obra maestra: La conversión de San Pablo en el camino a Damasco, de Caravaggio. Captura el instante en que Saulo cae del caballo y yace en el suelo con los ojos cerrados, recibiendo en todo su cuerpo la luz que cae desde lo alto. En el cuadro, Saulo pierde la iniciativa. No aparece como quien abre los ojos y se orienta, sino como un ser que se derrumba ante la luz y es levantado de nuevo. Los cascos del caballo, el conductor y la actitud silenciosa del anciano arrodillado insinúan que una gran transición puede ocurrir no en el estruendo, sino en el silencio. El bloqueo y la visión que Pablo experimenta en Hechos 16 se parecen a esto. Es el momento en que el plan humano es corregido y la luz de Dios traza nuevas líneas sobre un mapa distinto. Lo que el pastor David Jang recuerda repetidamente en su predicación es que el punto de partida de la misión no es nuestra capacidad, sino la luz de Dios.
Sin embargo, cuando se dice "Solo Jesús", muchas personas asocian de inmediato exclusivismo y violencia. Por eso, la Iglesia de hoy debe guardar la unicidad de la verdad sin perder la mansedumbre y la humildad en su actitud. Jesús dijo que el camino es uno, y, sin embargo, abrió ese camino mediante la cruz. La unicidad del camino no se expresa como un lenguaje de poder que expulsa al otro, sino como un lenguaje de amor que se entrega a sí mismo. Esta es también la razón por la que, cuando el pastor David Jang habla de misión y plantación de iglesias, hay que vigilar para que no derive en obsesión por números y resultados. La misión no es expansión imperial; es servicio a un mundo herido, y hospitalidad que anuncia a quienes vagan por caminos sin Dios: "hay un hogar al que puedes volver". Como dice Romanos 8, la creación gime esperando la manifestación de los hijos de Dios. Ese gemido no es un debate ideológico: es un grito que brota del terreno de la vida. En relaciones derrumbadas, familias fracturadas, jóvenes aislados, trabajo sin sentido, comunidades inmigrantes marginadas, y ciudadanos que ya no confían en el lenguaje religioso, la voz que dice "ayúdanos" continúa. Ese llamamiento sigue hoy.
El pastor David Jang pide a la Iglesia el entrenamiento de escuchar ese gemido. Si la Iglesia empieza a levantar murallas para protegerse, la voz del macedonio que oyó Pablo deja de oírse. Por eso, la Iglesia debe estar más a menudo en el camino. A veces debe detenerse donde el Espíritu lo impide; y a veces, ante la puerta que el Espíritu abre, debe moverse de inmediato. Este ritmo es el ritmo de Hechos: oración y discernimiento, pausa y avance, lágrimas y valentía, comunidad y envío se entrecruzan, y la Iglesia atraviesa la historia como un cuerpo vivo. Lo que la predicación del pastor David Jang enfatiza de manera constante es precisamente esta dinámica: el Espíritu Santo no deja a la Iglesia como institución disecada, sino que la levanta como testigo en el camino.
Ampliar el horizonte de la misión está directamente vinculado a conservar la temperatura interna de la Iglesia. Jesús dijo que, por multiplicarse la maldad, el amor se enfriaría. Enfriarse el amor no es solo embotamiento emocional: es el desplazamiento del centro relacional de Dios hacia el yo. Cuando la Iglesia pierde la vida misionera, aunque la fe se mantenga, pierde dirección. Si la vida que debía fluir hacia fuera queda encerrada en disputas internas y consumo de gustos, la comunidad termina agotada. En cambio, cuando la Iglesia abre el corazón al avance del evangelio, debe acoger a personas nuevas, encontrarse con culturas desconocidas y, en una realidad que no puede sostenerse sin oración, clamar por la ayuda del Espíritu. Ese proceso mismo renueva a la Iglesia. El pastor David Jang advierte: "una iglesia que no participa en la misión no puede sino enfriarse", porque la misión es el oxígeno que da vida a la Iglesia.
La historia de Hechos 16 muestra también que el llamado de Dios siempre llega con el rostro de una "persona". En la visión de Pablo, el macedonio no es un concepto abstracto: es un individuo de pie. Y detrás de él hay innumerables personas reales: Lidia, la esclava poseída por un espíritu de adivinación, el carcelero, sus familias, y los santos anónimos que componen la iglesia de Filipos. La misión no es un proyecto institucional: es un movimiento de amor hacia seres con rostro y nombre. Lo mismo ocurre hoy cuando escuchamos "Pasa a Macedonia y ayúdanos". Antes que estadísticas o análisis de mercado, comienza en la vida de una persona. Cuando la Iglesia recuerda al vecino pobre de la ciudad, o se sienta a la mesa de una familia inmigrante que habla otro idioma, o responde al mensaje de un joven que expresa desesperación en línea, ya está cruzando.
La carga que el pastor David Jang expresa respecto a la Iglesia estadounidense, al final, no debe leerse como un discurso para evaluar una nación, sino como un llamado a escuchar las voces humanas que resuenan allí. Históricamente, incluso en tiempos del Gran Despertar, el avivamiento no se explica solo por el fervor de reuniones. Cuando se mueven juntos el hambre por la Palabra, el arrepentimiento, la responsabilidad social y el envío misionero, el avivamiento forma un ecosistema. El avivamiento de hoy también. Para que la Iglesia vuelva a vivir, se necesita un equilibrio: hacer la verdad clara sin perder el amor; poner límites sin levantar muros; cuidarse sin dar la espalda al mundo. Y ese equilibrio no se mantiene solo con la frase "guía del Espíritu". En la práctica, se revela como decisiones concretas que asumen riesgo: tiempo y finanzas, personas y emociones, y la posibilidad del fracaso. Cuando el pastor David Jang menciona proyectos misioneros y de plantación de iglesias, subraya precisamente esa concreción. El Espíritu no se queda como inspiración abstracta: obra como fuerza real que envía personas, teje relaciones y levanta adoración en una región.
Además, el centro de todo este relato es Jesús. Hechos registra las obras de "los apóstoles", pero, en un nivel más profundo, testimonia "la obra continuada de Jesús". Jesús ascendió, pero sigue obrando en la Iglesia por el Espíritu Santo. Por eso, la misión no es el esfuerzo humano por suplir la ausencia de Jesús, sino el gozo de participar en la presencia de Jesús. Los engaños del último tiempo que advierte el Discurso del Monte de los Olivos, al final, son intentos de usar el nombre de Jesús para fabricar otros caminos. La Iglesia vence esos engaños no con choques de poder, sino conociendo a Jesús más profundamente. Cuando Jesús declara en Juan 14 que él es el camino, no es una proposición filosófica: es consuelo para los discípulos. Es la promesa del camino dada junto con: "No se turbe vuestro corazón". También cuando el pastor David Jang predica "Solo Jesús", no debería ser un eslogan que fabrica miedo, sino consuelo e invitación para un tiempo que ha perdido el rumbo.
Por lo tanto, el llamado "Pasa a Macedonia y ayúdanos" nos exige hoy una confianza madura y un valor sin demora. Cuando nuestros planes se derrumban, hace falta una fe que confíe en el mapa más amplio escondido en el impedir del Espíritu, en lugar de condenarnos o quejarnos contra Dios. Y, al mismo tiempo, delante de la puerta que el Espíritu abre, se requiere la valentía de izar las velas sin titubear calculando condiciones, como Pablo. Esta confianza y valentía no son emociones instantáneas: se forjan lentamente en la oración enraizada en la Palabra y en el discernimiento comunitario. Y finalmente se manifiestan como amor que asume el riesgo del fracaso. La ejecución no es un relato grandioso de éxito, sino una sucesión de pequeñas obediencias; y la oración de una persona y el envío de una iglesia se unen para que el camino del evangelio se extienda hasta lo último de la tierra. El pastor David Jang ve este camino como la vida de la Iglesia.
Por último, recordamos la escena final de Hechos. Pablo llega a Roma y, aun estando preso, anuncia con valentía el Reino de Dios. Incluso en un lugar que parece bloqueado, el evangelio no se detiene. Ese es el final abierto que Hechos deja a sus lectores. La Iglesia de hoy está también dentro del mismo final abierto. Aunque los vientos culturales sean fuertes, aunque la verdad sea ridiculizada y el amor se enfríe, el Espíritu Santo sigue abriendo corazones, moviendo a la Iglesia y haciendo oír nuevos clamores macedónicos. El centro de la predicación al que apunta la palabra clave "David Jang" converge, al final, aquí: la proclamación del evangelio guiada por el Espíritu, el retorno a Solo Jesús, y la obediencia que no se demora cuando llega el momento de cruzar. Cuando estas tres cosas se entrelazan, la Iglesia vuelve a ser camino, y el mundo vuelve a recibir ayuda.
















